Tuve ganas de preguntarle el porqué de su mano temblorosa,
pero contuve mi impulso y lo escondí en el estuche.
Bajé del metro, mirando su ropa desordenada y sus ojos caidos,
asomé mi cabeza bajo la axila de un sol que no se quiere esconder.
Elevé mis hombros similando al recuerdo de un ser que se hace ver grande para no ser mordido
y miré, con mi cabeza paralela a la costra de cemento, el horizonte detrás de los brasos y cabellos sucios ajenos.
Comencé a sentir la humedad acolchonada en mis hombros y el rubor de mi cuerpo friéndose, mientras mi cuerpo se iba dejando a la gravedad.
La incomodidad de los recuerdos se hacía sentir a carne viva, rozaba mi cuello, mi oreja.
Los disparé lejos, los pisé con el caucho derretido dejándolos atrapados en mi suela.
Es cierto, uno no se puede escapar de uno... Aunque muchas veces mi sombra expresó con dolor que cada cierto tiempo se cansaba de seguirme.
Me senté bajo un árbol, buscando un resto de oxígeno bajo sus manos.

Mi mano estirada alejada por mi brazo expele una sombra translúcida...
Tirita dejándose llevar por las agujas de luz que escapan de las egoistas hojas
De mi estuche saco un lápiz para arrancar el chicle abrasivo de mi huella,
estúpidamente mi mano tambalea.
Me pregunto...